ESPAÑA CEDE EL TERRITORIO DE LA FLORIDA A LOS ESTADOS UNIDOS

ESPAÑA CEDE EL TERRITORIO DE LA FLORIDA A LOS ESTADOS UNIDOS

HoyEnLaHistoria | 2o Octubre 1806

En 1806, exploradores estadounidense dirigidos por Zebulon M. Pike llegan a las montañas Rocosas, cruzan el río Grande, se internan en territorio del Virreinato de la Nueva España (actual México) y recorren lo que hoy es Texas. Al año siguiente presentan en Washington detallados mapas de la región.

20 OCTUBRE 1820 ESPAÑA CEDE EL TERRITORIO DE LA FLORIDA A LOS ESTADOS UNIDOS

20 OCTUBRE 1820 ESPAÑA CEDE EL TERRITORIO DE LA FLORIDA A LOS ESTADOS UNIDOS

En ese entonces no existía Argentina como nación independiente. En el extremo sur del continente, la Patagonia era un inmenso territorio prácticamente despoblado. No se hablaba, como en la actualidad, de “ceder territorio por deuda”. En el siglo diecinueve no había consultoras de riesgo ni firmas encuestadoras. Lo que sí había era espías; siempre los hubo a lo largo de la historia. Y también abundaban, como hoy, los “vendepatrias”.

Hagamos memoria. El 4 de julio de 1776, las llamadas Colonias Unidas -que entonces eran trece- habían proclamado su independencia de Inglaterra. El 9 de septiembre oficializaron su nueva denominación: Estados Unidos de Norteamérica. La flamante nación quedó integrada por Connecticut, Delaware, Georgia, Maryland, Massachussets, New Hampshire, New Jersey, New York, North Carolina, Pennsylvania, Rodhe Island, South Carolina y Virginia.

La historia de cómo hoy Norteamérica está compuesta por 50 estados -que incluyen la isla de Hawai- está escrita en miles de libros, pero se podría sintetizar en una novela de piratas. O en un relato de política-ficción que también incorpore al sur argentino como “estado libre asociado”, al igual que la isla de Puerto Rico.

En mayo de 1812, una banda de pistoleros comandados por un oficial del ejército estadounidense intenta ocupar varios poblados de Texas, pero son rechazados por las tropas españolas. En agosto del año siguiente se produce un nuevo intento, sin resultados.

Transcurren cinco años. En 1817, colonos anglosajones se instalan en las cercanías de la ciudad texana de Galveston pero son expulsados por el gobernador del territorio. Por esa época, John Calhoum, cabecilla de “Los Halcones de la Guerra”, expresa: “Estamos creciendo grande y rápidamente. Este es nuestro orgullo, nuestra debilidad y nuestra fuerza”.

El 4 de marzo, el presidente James Monroe asume el gobierno de Estados Unidos. John Quincy Adams es designado secretario de Estado.

En 1819, una numerosa banda de buscavidas provenientes de Louisiana invade Texas para “independizarla”. Algunos son apresados y otros expulsados por las autoridades españolas.

El 22 de febrero, los gobiernos de España y Estados Unidos firman un tratado que modifica los límites de la frontera norte del actual México. La Corona española cede Florida. Según varios historiadores, se inicia el modelo que seguirá Estados Unidos en su carrera expansionista: “Tomar territorio por la fuerza, y después negociar su cesión”. La ratificación del acuerdo se efectuó poco antes de la independencia de México. Ya antes de su emancipación, este país sufría la presión de su vecino del norte.

En noviembre, el secretario de Estado, John Quincy Adams, declara: “El mundo debe familiarizarse con la idea de considerar como de nuestro dominio el continente de América del Norte. (…) Se hace aún más necesario que el resto del continente pase definitivamente a nuestras manos”.

El 17 de enero de 1821, las autoridades del Virreinato de Nueva España autorizan a Moses Austin para establecerse con 200 familias en Texas. Los colonos no tienen experiencia rural y aprenden las labores de ganadería a través de vaqueros españoles y mexicanos.

Menos de una década después, en 1830, la población del territorio será de 45 mil habitantes, de los cuales 30 mil serán de origen estadounidense, 3 mil 500 mexicanos, 4 mil indios nómadas y 5 mil negros esclavos o fugitivos.

El 25 de febrero, Agustín de Iturbide anuncia la independencia de México como monarquía constitucional y llega a su fin el Virreinato de la Nueva España. El 4 de marzo, James Monroe es reelecto como presidente de los Estados Unidos. John Quincy Adams escribe en 1822: “Sin discutir por ahora la conveniencia de anexar Texas o Cuba a nuestra Unión, debemos conservarnos libres para obrar tan pronto como el momento lo exija”.

El 3 de abril, Iturbide ratifica a Stephen Austin, hijo del fallecido Moses Austin, la autorización para establecerse en Texas al frente de los colonos estadounidenses.

El 3 de noviembre de 1822 llega a México Joel Poinsett, “operador” confidencial del gobierno estadounidense. Días después obtiene la libertad de los aventureros apresados en 1819 por las autoridades españolas en Texas. En diciembre, Poinsett regresa a su país, donde informa que considera “inconveniente establecer relaciones con el usurpador”. El “usurpador” es Iturbide.

El 26 de ese mes, José Manuel Bermúdez, primer embajador mexicano en Washington, informa a su gobierno: “La soberbia de estos republicanos no les permite vernos como iguales, sino como inferiores. Aman entrañablemente a nuestro dinero, no a nosotros. Con el tiempo han de ser nuestros enemigos jurados”.

Bermúdez no anda mal encaminado. En 1823, el agente especial Poinsett se entrevista con el general Andrew Jackson. Ambos estudian diversas formas para apoderarse de Texas.

El 30 de junio, el gobierno mexicano envía a Texas al general Manuel de Mier y Terán para observar la situación en el terreno. El militar informa acerca de la llegada de nuevos “colonos”:

“El territorio contra el cual se dirigen estas maquinaciones, que ha permanecido habitualmente sin poblar, comienza a ser visitado por aventureros y empresarios; algunos de ellos establecen su residencia en la región y simulan que eso no tiene nada que ver con los reclamos de su gobierno ni con las disputas por la frontera; muy pronto, algunos de estos precursores revelan un interés que complica la administración del codiciado territorio, comienzan a oírse quejas, incluso amenazas, que minan la lealtad de los legítimos colonos, para poner en tela de juicio la eficiencia administrativa de las actuales autoridades (mexicanas)”.

En agosto de 1823, los estadounidenses Richard Fields y Hayden Edwards inician gestiones para colonizar más tierras texanas.

El 3 de octubre de 1823, el secretario de Relaciones Exteriores mexicano, Lucas Alamán, firma con un representante diplomático colombiano un acuerdo con las bases para crear una futura confederación de naciones al sur del río Bravo, integrada por las antiguas posesiones españolas hasta la Patagonia.

“La causa que sostienen todos los países de América que han sacudido el yugo de la España, los ligan de tal manera entre sí, que puede decirse que aunque divididos y reconociendo diversos centros de Gobierno, forman partes homogéneas”, informará Alamán dos años después.

Al igual que Simón Bolívar, el diplomático mexicano proponía la creación de una confederación de países hispanoamericanos. Cuatro años después, Joel Poinsett le hará pagar caro esta idea.

El 2 de diciembre de 1823, el presidente James Monroe pronuncia un discurso en el Congreso, en el que define la actitud de Estados Unidos frente a las pretensiones de Europa hacia América Latina. Posteriormente, el mensaje será conocido como “la doctrina Monroe” y se sintetizará así: “América para los americanos”. Muchos historiadores interpretan que lo que el mandatario quiso decir fue “América para los norteamericanos”.

En una de sus partes, el discurso afirma: “Consideraremos peligrosa para nuestra paz y seguridad cualquier tentativa hecha por ellas [las naciones europeas], que se encamine a extender su sistema a una porción de este hemisferio (…). Cuando se trate de gobiernos que hayan declarado su independencia y que hayan sido reconocidos por Estados Unidos, la intervención de una potencia europea, con el objeto de dirigir sus destinos, no podrá ser vista por nosotros sino como manifestación de hostilidad hacia Estados Unidos”.

El historiador Isidro Fabela escribe: “La doctrina de Monroe, que, según creen todavía algunos espíritus menos que sencillos, nació con una alta finalidad altruista a favor de las repúblicas hispanoamericanas recién emancipadas (…); preparó el terreno para que la Unión tuviese algún día las manos libres en América” (“Estados Unidos contra la libertad. Estudios de historia diplomática americana”, Barcelona, 1921).

Por su parte, Samuel Flagg Bemis sostiene que la doctrina Monroe “resultó inseparable de la expansión continental de los Estados Unidos: fue la voz del Destino Manifiesto” (“John Quincy Adams and the Foundation of American Foreign Policy”, ed. Alfred A. Knopf, Nueva York, 1949).

Y el historiador Dexter Perkins afirma: “Durante por lo menos medio siglo se ha afirmado persistentemente que la acción del presidente Monroe salvó al Nuevo Mundo de un peligro mortal y estableció las libertades de la América hispana (…). Por desgracia, esta idea es pura leyenda; si examinamos los hechos con sinceridad, tenemos que admitir que el Mensaje de 1823 se dirigía contra una amenaza imaginaria. Ni una sola de las potencias continentales abrigaba propósito alguno de reconquistas en el Nuevo Mundo en noviembre o diciembre de 1823” (“La Doctrina de Monroe”, Editorial Universitaria de Buenos Aires [EUDEBA], 1963).

En enero de 1824, el Congreso de México concede gratuitamente 27 mil hectáreas de suelo texano a Stephen Austin. Al respecto, informantes ingleses advierten desde territorio mexicano a la cancillería de su país: “Los norteamericanos han comenzado ya la colonización de la provincia”.

El 4 de marzo de 1825, John Quincy Adams y John Calhoun asumen la presidencia y vicepresidencia de Estados Unidos. Adams, ex secretario de estado en la administración de James Monroe, era el auténtico creador de su “doctrina”. Calhoum, a su vez, había sido el cabecilla de “Los Halcones de la Guerra”.

Henry Clay, nuevo secretario de estado, instruye al ex espía Joel Poinsett para que negocie nuevos límites “más ventajosos” entre México y Estados Unidos. El ex operador encubierto se convertirá en el primer embajador de Estados Unidos en México.

El 2 de mayo, Poinsett llega a México como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario. El ex agente le escribe al secretario Clay y le comenta “la aprensión que el gobierno mexicano experimenta hacia lo que estima nuestros movimientos hacia Texas y Nuevo México”.

El 5 de agosto, Poinsett redacta un nuevo informe dirigido a Clay: “Creo importante extender nuestro territorio hasta el Río del Norte (Bravo), hasta el Colorado, siendo conveniente tener instalado sobre la frontera un núcleo de colonos de la vigorosa raza blanca”. El 25, el embajador ofrece cinco millones de dólares al gobierno mexicano por el territorio de Texas. La propuesta es rechazada.

En “El porvenir de México”, Luis G. Cuevas, apunta: “Nuestros vecinos son los que más sobresalen hoy en este arte de corrupción, y los que no se han parado, ni se pararán nunca, en la ruina y desastres de pueblos enteros para agregar al suyo un palmo de territorio (…). En este sentido puede decirse que Poinsett hizo más servicios a la Unión Americana que todos sus generales juntos en la guerra de invasión”.

El embajador estadounidense cuenta para sus propósitos con la complicidad de un poco patriota mexicano, Lorenzo de Zavala, uno de los fundadores de la logia masónica de York en el país. El 21 de octubre de 1826, Poinsett le escribe al secretario de estado Clay: “Considero que la presencia de Zavala es absolutamente necesaria aquí (…). Se trata de uno de los directores más eficaces del partido favorable a los Estados Unidos (los yorkinos)”.

En noviembre, el mercenario estadounidense Hayden Edwards toma un poblado de Texas oriental y anuncia la creación de la “República de Fredonia” (pésima traducción de “Freedom Republic”). Marca uno de sus límites en el río Bravo e iza una bandera propia, con los colores rojo y blanco, un supuesto signo de la unidad entre “pieles rojas” (indígenas) y “carapálidas” (estadounidenses blancos). Ya en agosto de 1823, Edwards y su cómplice Richard Fields habían iniciado gestiones para colonizar “pacíficamente” tierras texanas.

En junio, legisladores mexicanos expresan su disgusto por las maniobras políticas y diplomáticas de Poinsett; algunos piden al gobierno su expulsión del país. Lorenzo de Zavala, en cambio, adula al intrigante: “El nombre de usted es oído con veneración y gratitud por los libres del país”.

En septiembre, los manejos de Poinsett provocan una crisis en el gabinete mexicano. El resultado: la renuncia obligada del canciller Lucas Alamán. En diciembre, el gobierno mexicano aplasta con dureza una rebelión dirigida contra el representante estadounidense y los masones yorkinos. Los frustrados patriotas insurrectos sostienen que el Palacio de la Presidencia es “una oficina de un gabinete vecino”.

El 31 de enero de 1828, Poinsett escribe: “He tenido aquí un éxito sorprendente, y al partir dejaré un poderoso partido americano y un sentimiento americano donde no encontré sino inclinaciones europeas y principios monárquicos”.

El 30 de junio, desde Texas, el general Mier y Terán informa al gobierno mexicano: “Aquí, el conjunto de la población es una extraña e incoherente mezcla: numerosas tribus indias, fugitivos de la justicia, honestos trabajadores, vagabundos y criminales”. El militar pronostica: “Texas puede empujar a todo el país a una revolución”.

En septiembre, es derrotado en elecciones presidenciales el general Vicente Guerrero, miembro de la logia masónica yorkina respaldado por Poinsett y De Zavala. El embajador norteamericano escribe: “Mi residencia en este país, siempre desagradable, está a punto de tornarse peor”.

El 5 de diciembre de 1828, colonos texanos, instigados por William H. Travis y Lorenzo de Zavala, sitian San Antonio. El general Samuel Houston organiza la sublevación con armas suministradas por el presidente estadounidense Andrew Jackson.

En enero de 1829, tropas mexicanas mal armadas y sin experiencia, al mando del general Antonio López de Santa Anna, marchan hacia Texas. El primero de marzo, los texanos declaran su independencia y nombran a David Burnett como presidente y al traidor Lorenzo de Zavala como vicepresidente.

El 6, después de recorrer más de mil 500 kilómetros, Santa Anna sitia y derrota a doscientos colonos del Fuerte Álamo. Burnett y Zavala escapan hacia Galveston.

Sin embargo, Santa Anna es derrotado por las tropas de Samuel Houston y capturado. El 18 de mayo el ejército mexicano retrocede hasta el río Bravo. Al día siguiente, Santa Anna y Burnett firman en Galveston el Tratado de Velasco, por el que México se compromete a respetar la independencia de Texas.

El documento firmado por Santa Anna, según la mayoría de historiadores mexicanos, carece de validez porque en ese momento no es presidente y, por lo tanto, no tiene facultades para llegar a ningún acuerdo oficial.

Tras siete meses de prisión, Santa Anna es trasladado en ferrocarril a Washington y se entrevista con el presidente Jackson, quien más tarde pone un barco a su disposición y lo envía de regreso a México.

Luego de la derrota de Santa Anna, México no emprende ninguna campaña para recuperar el territorio perdido, pero rompe relaciones diplomáticas con Washington cuando Texas es reconocida como “nación independiente” por Estados Unidos.

Francia reconoce a Texas como “Estado independiente” en 1839 y al año siguiente se suma Inglaterra.

El 4 de marzo de 1845, James K. Polk asume la presidencia de Estados Unidos. El mandatario es la personificación política de la ideología del Destino Manifiesto, elaborada por James Monroe. En su mensaje de toma de posesión anuncia que la incorporación de la “república de Texas” es una decisión mutua entre dos naciones independientes -Estados Unidos y Texas- y no entre su país y México.

El ejemplo se extiende. El 14 de julio de 1846, el topógrafo militar John Charles Fremont proclama en territorio mexicano la República de California.

El 2 de febrero de 1848, después de la ocupación militar norteamericana de la capital de México durante diez meses y obligado por la fuerza de las armas, el gobierno de ese país firma el Tratado de Guadalupe Hidalgo. Mediante el acuerdo, las autoridades ceden lo que es ahora Arizona, California, Colorado, Nevada, Nuevo México, Texas y Utah. Es decir, más de la mitad de su territorio.

¿Y la Patagonia? ¿Qué tiene que ver esa región del sur argentino con lo que aquí se ha narrado?

Dejo las posibles respuestas a los lectores. La consultora Jorge Giacobe y Asociados -según informes provenientes del sur argentino- está realizando una encuesta entre sus pobladores acerca de la conveniencia de “ceder territorio a cambio de deuda”. Por otro lado, la empresa Zemic Communications, dirigida por el ex secretario de estado norteamericano Henry Kissinger, asesora al gobierno argentino en la forma de pagar su deuda externa. Es como si el ratón consultara con el gato.

El ex funcionario me recuerda a Joel Poinsett, pero corregido y aumentado. Poinsett operó sólo en México; Kissinger intrigó en todo el mundo.

El presidente George W. Bush, miembro al igual que toda su familia de la Asociación Nacional del Rifle, es nativo de Texas. Se dice que los políticos de ese estado no leen libros de historia: ven películas del Far West protagonizadas por John Wayne.

Esto podría resultar cómico, si no fuera porque Kissinger y Bush cuentan en Argentina con la complicidad de varios “Lorenzos de Zavala”. Es decir, vendepatrias reciclados.

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