LOS PADRES TAMBIÉN COMETEN ERRORES QUE DEJAN MARCADOS A LOS HIJOS

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Historia No. 02|HISTORIAS DE ESTE RUMBO|DROGAS, CARCEL Y MUERTE

Por Mayolo Domínguez Chávez

Todas las Historias aquí contadas, son trabajos periodísticos, con un poco de fantasía del autor, para hacer más amena su lectura. Tal es el caso de Jorge, quien es una persona ciega, él vende periódicos en una esquina muy concurrida de nuestra ciudad de Oaxaca.

DROGAS, CARCEL Y MUERTE

DROGAS, CARCEL Y MUERTE

En su rostro se nota el sufrimiento, pero al mismo tiempo las ganas de vivir y de trabajar en lo que le permita su ceguera, aparenta muchos más años de los que tiene, pero reconoce,  “desperdicie mi vida con las drogas y el alcohol y miren las consecuencias, tengo 42 años y parezco de 60, ahora solo le pido a Dios que me permita vivir algunos años más para cuidar a mi viejecita, pues ya no puede trabajar y está tan sola como yo. Siempre me acompaña y me cuida, porque no tenemos nada, ni nadie que nos ayude”.

Efectivamente, en la banqueta cercana, estaba sentada una viejecita de cabello blanco, delgada por el hambre, con su reboso descolorido y roto como lleva el corazón, por las penas, los recuerdos y el arrepentimiento.

Esta historia pudiera ser de cualquiera de nosotros, que por falta de cariño, de educación, de principios y de valores, pudiéramos haber sufrido como Jorge, desviando nuestros pasos hacia lo fácil, lo irreflexible, la paranoia. Jorge, desde el primer momento de su entrevista habló con sinceridad y nos cuenta su vida,  provengo dice, de una familia humilde, compuesta por mi abuelita, mi mama y dos hermanas mayores. A mi padre nunca lo conocí, nos platica que tuvo que trabajar desde muy pequeño, ayudando a su madre quien era lavandera de un hotel y del que diariamente le llevaban cerros de ropa que tenía que lavar en su domicilio, vivían en una de nuestras colonias, humildes en donde no contaban con los más elementales servicios y solo había un hidrante, como a tres cuadras de su casa. Recuerda como todas las mañanas entre todos, tenían que llenar dos tambos de doscientos litros de agua, para que su madre lavara, mientras ellos hacían esto, su abuelita hacia tortillas, atole y frijoles para desayunar.

Esto, reconoce Jorge, era un trabajo muy pesado, pero nos daba oportunidad de sobrevivir, además, permitía que la familia estuviera unida. Desde que tengo uso de razón, dice, “me acondicionaron dos botes de cinco litros cada uno, con un palo de escoba con el cual se sostenían en el hombro, haciendo equilibrio para no tirarlos. Para mí, recuerda, era como un juego, ya que corría para ganarles a mis pobres hermanas, quienes tenían que cargar cubetas más grandes. Así fui creciendo con mi tarea a cuestas, cada vez más pesada. Llegó el tiempo de ir a la escuela, ensombrece un poco su rostro y dice con voz ronca, hasta los nueve años pudieron mandarme a la escuela, porque no había cuadernos, mucho menos para unos zapatos, por eso, cuando me di cuenta de la situación, antes de irme a la escuela y saliendo de ella, me ponía a vender viajes de agua, a veinte centavos de los de antes, logrando reunir dos o tres pesos con los cuales bien podía comer una familia y a mi corta edad, sentía la necesidad de ayudar a mi madre que tanto trabajaba para nosotros. Pasé a segundo grado y a tercero y pensé que la vida seguiría como hasta ahora, apoyando a mi madre, sacando buenas calificaciones, asistiendo a la escuela, siempre unido a mi familia, pero no fue así; porque los niños, desconocemos los sentimientos de los adultos.

Mi madre, dice muy triste, creo que quería lo mejor para nosotros, pero se equivocó, porque mis hermanas y yo la amábamos, cómo recuerdo los momentos que nos brindaba por las noches, cuando cansados, nos sentábamos alrededor del anafre de carbón y mientras planchaba su ropa, nos contaba historias o leyendas hasta quedarnos dormidos en el petate. Las cosas cambiaron para todos, porque mi madre era joven y hermosa, así que conoció a un señor que pronto se convirtió en mi padrastro, un señor sin preparación, pues apenas sabía leer, comisionado de la policía, rudo, violento, sin conciencia, porque lo primero que hizo fue sacarme de la escuela, porque según él, primero tenía yo que aprender un oficio, recomendándome de inmediato con un amigo suyo en un taller de hojalatería y pintura. Lo anterior me hizo sentir muy mal, porque yo quería seguir estudiando, así que perdí mi año escolar, contaba ya con 11 años y a esa edad tal vez era pecado que un muchacho llorara por cualquier pretexto, me da pena decirlo, pero ese fue mi caso, ya que en el taller, me trataban muy mal en el taller, pues según el maestro, esa fue la recomendación que le hiciera mi padrastro. Recuerdo que ya no podía hablar con mi madre, ya no había más cuentos en la noche, solamente a mi abuela le podía contar que me trataban muy mal en el taller. Mi abuelita se enojaba y lloraba conmigo, para luego regañar a mi madre y terminar peleándose con el señor que también la trataba muy mal, desquitándose  con mi madre, golpeándola delante de nosotros, lo que hacía que me mordiera los labios de impotencia, de rabia, de dolor  y de rencor. Rencor que se iba acumulando en mi pecho, conforme pasaba el tiempo. Conforme seguía narrando su historia, se notaban los cambios que operaban en el rostro de Jorge y de aquellos ojos si luz y sin vida, por momentos parecía brotar una lágrima que rodaba por su barba descuidada, hasta la comisura de sus labios y al saborearla, parecía tener más fuerza para seguir recordando.

Cuando cumplí doce años, dice: “Me armé de valor y hable con mi madre y mi padrastro, les dije yo quiero seguir estudiando, no quiero seguir en la calle, al escuchar esto, el señor se enojó mucho y me golpeo como pocas veces lo había hecho, diciéndome que lo hacía para mi bien, para que me volviera un hombre y mientras él estuviera en la casa, se haría lo que ordenara. Esa vez mi madre se metió a defenderme, lo que costo que también a ella le pegara hasta que llego mi abuela a defendernos, amenazándolo con un garrote, lo que hizo que el señor saliera de la casa, dejándonos tirados a mi madre y a mí. Yo lloraba, más por los golpes que recibió mi madre, que por los golpes que yo recibí, aunque tenía rota la cabeza. Esa noche mi madre me hablo y me dijo, Jorge, hijo mío, si quieres seguir estudiando yo te apoyo, pero recuerda que somos pobres y tendrás que trabajar muy duro para comprarte tus libros y tus cosas, no odies a tu padrastro, yo hablare con él para que entienda. Jorge recuerda que nuevamente se inscribió en la escuela en el tercer grado, para continuar sus estudios, al mismo tiempo emocionado me comentó que encontró un trabajo en una gasolinera, ayudando a un matrimonio que tenía un restaurante, barriendo, trapeando y haciendo mandados. Dice, los dueños se encariñaron conmigo y me daban facilidades para seguir estudiando, todo iba más o menos bien, pasé a cuarto año, ya sabía yo manejar vehículos, porque me gustaba aprender rápido todo lo que me enseñaban, porque quería yo apoyar aún más a mi madre, quienes me conocían, comentaban que era yo una muchacho sano y trabajador, pero jamás me imaginaba el cambio tan brutal que iba a sufrir mi existencia.

Al terminar la primaria comenta Jorge, tenía casi 17 años y recuerdo con mucha tristeza que mi abuelita, por un coraje que hizo al enterarse que el señor, con engaños, le había quitado su único patrimonio que era su terrenito, se enfermó de gravedad, muriendo ese mismo año, lo que me causo una terrible rabia en contra de mi padrastro, tomando la decisión de aceptar un trabajo fuera de la ciudad con tal de ya no ver a ese señor, pero tal decisión ocasiono una terrible discusión y la tragedia que cambiaría el curso de mi vida para siempre. Pues bien nos comenta que, debido a la discusión de su padrastro con su madre, intervino diciéndole que dejara a ese señor, que a él le habían ofrecido un buen trabajo, con el cual podría mantenerla a ella y a sus hermanas, al escuchar esto, mi padrastro se enfureció y me tiro un puñetazo que me dio en pleno rostro rompiéndome la nariz, sólo que ya había yo crecido y sabia defenderme, así que de inmediato le regresé el golpe que hizo impacto en su pómulo, esto violentó al señor, quien sacó una pistola con toda la intención de asesinarme, así que sin medir las consecuencias me arroje contra mi padrastro, recibiendo un impacto de bala en el hombro, pero alcancé a tirarlo y al caer se golpeó la cabeza con el pretil de la puerta, quedando tendido en el piso, muriendo instantáneamente, mientras yo por la bala, perdí el conocimiento. Así que me llevaron al hospital, todo era confusión, lágrimas y dolor. Fui encontrado culpable y remitido de

inmediato al consejo de tutela en donde lloraba mi suerte, pero al mismo tiempo dice, me sentía feliz por haberle quitado esa pesada carga a mi madre, solo que ella no pensaba igual, pues lloraba más a su hombre que a su hijo. Nuevamente Jorge se puso muy serio comentando que, pasaba el tiempo y las únicas visitas que recibía, eran las de sus hermanas, quienes le comentaban lo que sucedía con su madre, la cual no quería saber nada de él, lo que lo hacía sentir más culpable y triste, por lo que empezó a refugiarse en las drogas. Con la cara desencajada, como si le fuera a dar un ataque de violencia, recordaba que cuando cumplió 18 años, le comunicaron que lo trasladarían a la penitenciaria del estado. Fue entonces cuando realmente comenzó mi calvario, pues la vida dentro de la prisión, fue verdaderamente difícil, debido al vicio que poco a poco me fue dominando y que no era fácil de conseguir, ya que solamente dependía de mi habilidad para las cartas y el domino. Era yo capaz de limpiar los escusados con las manos, con tal de obtener un poco de alcohol o marihuana o polvo. Se queda pensativo un largo rato y continúa diciendo. Cuando cumplí 33 años de edad y 15 en la prisión, me enferme de gravedad a consecuencia de las drogas, fui perdiendo la vista, ya casi no veía, así que fui recluido en la enfermería.

Fue entonces cuando se iluminó mi cuarto, mi cama y mi cuerpo, cerré los ojos pensando que era tiempo de partir de este mundo. Voy a morir y lo más lamentable es no tener el perdón de mi madrecita, pues Dios sabe que la causa de esta desgracia, no la ocasioné yo, ya que solamente quería ayudarla para que no sufriera, que ya no trabajara tanto por nosotros, pero nunca pensé que fuera a terminar así. En esos momentos abri lentamente los ojos porque sentí la presencia de alguien y aunque no podía ver bien, distinguí la figura de mi madre, quien permanecía hincada junto a mi camastro con el rostro lleno de lágrimas y con los brazos abiertos elevados al cielo, sollozando suavemente. Dios mío perdóname. Hijo mío perdóname, la visión se me complicó aún más, por las lágrimas que brotaban de mis ojos. No lo podía creer, después de mucho tiempo sin poder hablar, pude expresar las palabras más hermosas, que siempre quise decir. Perdóname madrecita, yo nunca quise hacerte daño.

El milagro se realizó, madre e hijo abrazados como uno solo, fusionados en un solo llanto, en una sola lágrima, perdonándose mutuamente y pidiéndole perdón a Dios, quien escuchó nuestros ruegos, porque al poco tiempo me fui recuperando, ya no volví a probar las drogas y mi alimento más grande fue ver casi a diario a mi viejecita, como yo le decía, aunque a mis treinta y tantos años ya estaba más viejo y casi ciego. Jorge, se toma un momento, se seca las lágrimas y se limpia el rostro, lo que aprovechamos nosotros para hacer lo mismo, después de escuchar tan triste historia. Nos quedamos callados respetando su dolor y pensando que, por falta de entendimiento entre los padres, o por no comprender a nuestros hijos y por no brindarles el amor que necesitan, podemos cambiar el rumbo de sus vidas, empujándolos al abismo del alcoholismo y la drogadicción. Finalmente  nos dijo, doy gracias a Dios porque ya pague mis culpas y porque estoy casi curado y aunque con dificultades por mi ceguera, me siento contento vendiendo periódicos para poder ayudar y cuidar a mi madrecita…

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